Poeta periférico geográficamente, pero también por formación académica y extracción social, la talla poética y humana de Miguel Hernández no ha hecho más que agrandarse desde su muerte en la cárcel de Alicante en marzo de 1942. Al principio poco a poco, luego en avalancha, su obra ha sido divulgada y cantada, como pocos poetas lo han sido, por juglares como Joan Manuel Serrat. Un poeta popular y del pueblo, objeto de varios estudios biográficos sobresalientes desde el ámbito filológico, pero bastante poco desde un rigor historiográfico que, sin desdeñar la fuerza de la palabra poética, alumbrara su vida como hace la presente obra.