Una canción puede ser una especie de imán que nos atrae en cualquier época de la vida; pero, con toda certeza, durante la infancia temprana ese magnetismo es particularmente poderoso. Recordemos, por un momento, alguna de aquellas primeras canciones que escuchamos y quedaron ligadas a sensaciones especiales: la voz del abuelo, el olor de la mamá, un gesto del hermanito, el ambiente de la casa, la humedad de un día de lluvia, ciertos sabores, el piano de la maestra, la guitarra del profesor... Transcurrido el tiempo, cuando volvemos a oírlas, se ilumina la memoria de los sentidos y puede decirse que son como pequeños y valiosos resguardos de vivencias enlazadas a otras personas. Las canciones también enriquecen cotidianamente la lengua materna. El texto más sencillo puede enseñar a construir frases, a conjugar verbos, a incorporar vocabulario y giros del idioma, a conocer la cultura de un país. Una canción enseña a nombrar cosas y a expresar significados, deseos y sentimientos.