MANUEL DE LAS AGUAS

MANUEL DE LAS AGUAS

LOZADA FLÓREZ, FÉLIX RAMIRO

$ 36,000.00
Editorial:
CORPORACIÓN ESQUINA TOMADA
Materia
Literatura colombiana
ISBN:
978-958-59628-3-5
Páginas:
280
Idioma:
Español

Disponibilidad:

  • Av.ChileAgotado
  • ZonaGAgotado
$ 36,000.00
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Manuel de las Aguas es una novela trazada en pequeños capítulos, son cuadros para una galería –de jungla-, en exposición permanente del viacrucis contemporáneo. En la mitad de esta historia yace y resucita por días y por horas un país llamado Colombia. Un hombre –sabanero- cualquiera, el viejo señor Martínez, ser común de los que abundan –como vicio y plaga- desde lo anónimo, fumador profesional de tabaco: escultor de tridimensionales cuerpos de humo que lloran y que gimen entre carcajadas ebrias; en yuxtaposición de asombros y soledades y reminiscencias, se sienta en el taburete de cuero ennegrecido y poblado de calvicies alternas, extiende largos brazos para arropar como mujer la tarde y piadoso la aprieta de la nariz con las uñas y la hace suya. Un baquiano-agricultor es dueño de la intemperie y de las sombras que se avecinan. Durante el ejercicio reflexivo lo cuida de los “malos” soles -de los venados- la frondosidad centenaria de un samán. Va a dormir cuando la modorra lo vence... y el sueño le entrega con cada luna una dosis de olvido y también con el elixir del alba le da a beber -por episodios- pedacitos de su muerte. Se acuesta el viejo señor Martínez sobre la abrupta estera -colombiana- y en ella deposita el cansancio y las cicatrices que no sanan. Algunas veces el piso que lo soporta cuando duerme es un lodo amargoso donde no germina la maleza. Otras ocasiones el -lecho patrio- se presenta como arena movediza de colores indecisos que sólo sepulta hasta el ombligo... eso es para que no haya fraudes a la hora de morir por parte de los atrapados. Ronca para vivir y para espantar la luz de las estrellas parias. Desde el subconsciente, entre sinfonías de extraños pájaros, se prepara para soportar con estoicismo otras idas.... y otros –pesados- regresos. Quizás se trata de una caminata inútil... luego nada existe cuando la presencia de un hombre como él sobre la tierra es una negación. Su espíritu peregrino se coloca las alpargatas de maíz y va por los potreros y las arboledas y las lejanías. Como un bicho extraño entra a las urbes melancólicas y ve el desande de la miseria y su mirada se opaca. En el morral lleva panela y pan y queso y agua y esperanza. En el termo guarda café para que apague las malas intenciones de no padecer intenciones tristes. De los pastos resecos y tiernos: su constante familia, nombra cada variedad como a uno de sus hijos perfilados por el deseo: briquipará, micay, india, pangola. Vacas gigantes de siete colores con ubres del tamaño del tanque de un tracto-camión vienen sonrientes al encuentro (sabe que son ajenas como las mujeres voluptuosas). Así se deslizan ávidos de historias los ojos lectores en las iniciales páginas de Manuel de las Aguas la novela. Entramos hacia los complejos mundos del navegar incierto... adivinando la voz nostálgica de un personaje que habla poco, pero que, para paliar la amargura de la vida, piensa mucho. Manuel de las Aguas narra hechos de la historia colombiana concebida con girones sangrantes de ignominia y desarraigo. Nos habla con voz directa, sin tapujos, atiborrada de valentía. Un día, hace siglos, una bala del azar, dice que en nuestro país, como un estigma eterno, amanece la violencia de partidos políticos, paramilitares, guerrilleros. Mafias de la política y mafias sociales. Mafias de la economía y por último mafias del narcotráfico. En este suelo herido no sólo padecen esquizofrenias los dioses y los diablos: también perecen. En capítulo intrincado entre el grupo insurgente M19 y el gobierno de Belisario Betancourt Cuartas se quema en el Palacio la balanza de la justicia. Es fiera la pelea donde aún hay muertos inconclusos que siguen pereciendo. Hay ataúdes y flores de oro para los cuerpos de los magistrados. Hay cuerpos anónimos que desaparecieron y todavía no llegan caminando por voluntad propia a las fosas asignadas por sus familias. Hay cuerpos anónimos que por humildes y que por no saber leer van sin reseña al féretro del olvido. –El pueblo ya no existe y los sobrevivientes mueren de pánico. Clama una voz dentro del Palacio de Justicia en llamas. Son tantos los sucesos donde impera el miedo. En el firmamento se ve un pendón que dicta: ¡No hay cielos disponibles para albergar a tanto muerto colombiano que muere asesinado... que se viene con la parca: antes de tiempo! Algunos cadáveres descuartizados bajan contando historias, soñando ilusiones, por entre el cauce de la mayor arteria fluvial colombiana. Los peces no lloran a los muertos que navegan por el rio Magdalena: los devoran. Pero los pobres colombianos, expertos en luchar contra la extinción del hombre, se preparan a parir hijos por miles que serán en futuro cercano los que recibirán los ecos del coro: ¡brille para ella la luz perpetua! La desesperanza estrena atuendos con la claridad que trae cada día. De noche la oscuridad tiene forma de verdugo anónimo. En la conciencia de un Pueblo sufrido se establece que fenecer es cuestión de salvación... de salida propicia y generosa. En la novela, entre renglones, encontramos esto: -Este presidente, estos políticos, estos militares, estos paramilitares, estos guerrilleros (...) se tiraron al país. El Pueblo ignorante y sumiso y maleable es gran contribuyente del desastre que no declina, que no envejece a pesar de su edad secular... más de dos siglos de injusticia y violencia y miseria e impotencia. Manuel de las Aguas es una novela que al leerla no da tregua. Se perfila en el ávido lector una embriaguez constante. Es una locomotora desbocada que produce por sí misma el humo... y la ceniza de un inmenso meteorito que furente se estrella contra la tierra. Su velocidad es tan alta que lleva en los vagones del delirio la fuerza de los huracanes carentes de conciencia. No solo de violencia y muerte vive el hombre por ello la novela tiene otras cuitas, otras historias, otros romances, otras sonrisas: en ello establece su origen y su particularidad. Jesús María Stapper

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