Dos juegos. Un océano de distancia. Un Hawthorne siempre juega a ganar. Grayson Hawthorne. ¿Quién narices eres tú? Grayson supo sin volverse que la persona que acababa de hablar era mayor que los otros dos agentes y que tenía un rango superior. Un sargento, quizá, o un teniente. ¿En serio tienes que preguntar? contestó Grayson. Conocía el poder de ciertas expresiones faciales: del tipo que no tenían una pizca de agresión, del tipo que, no obstante, hacían una promesa. Jameson Hawthorne. ¿Y por qué iba ayudarte? preguntó Jameson, en voz baja y aterciopelada. Ese hombre era un desconocido. No eran nada el uno para el otro. Solo hay un puñado de personas en este planeta que puedan hacer lo que te estoy pidiendo dijo Ian con tono eléctrico. En docientos años, solo sé de una persona que haya intentado conseguir la entrada en el Piedad y lo haya logrado.