Virginia Woolf anotó en su diario que Katherine Mansfield «escribía todo el día», y este Cuentos y prosas breves da testimonio al lector de la escritura, casi compulsiva, que la neozelandesa llevó a cabo desde la infancia hasta pocos meses antes de su muerte en 1923. En la lectura de estos textos se evidencia la necesidad que tenía de poner por escrito mucho de lo que pasaba por su mente, por su imaginación, por su vida diaria. Y no descubrimos nada nuevo si señalamos su asombrosa capacidad de observación y su maestría para reproducir hasta el más mínimo detalle, de su magnífica capacidad para hacer visible un ambiente determinado y transmitirlo sin necesidad de muchas palabras.